Louis Vuitton y la extraña pareja
El tiempo es lo único que no se compra, escribía Proust, y sin embargo aquí estamos, un año más, asistiendo a su doma, su fabricación, su maravillosa puesta en escena. Enero arrancó lluvioso y raro, decididamente extraño, pero al menos nos confirmó que ese viejo dios fatigado tiene todavía quien le adora y se muere por seguirle los pasos. El tiempo y los tiempos están cambiando (sí, Dylan, otra vez) pero aún hay muchos que saben respetarlo. Hay todavía muchos que esquivan la ligereza para abordar la exigencia. Que siguen mirando cara a cara ese tiempo como excelencia y materia. No como pura abstracción. Ese es el territorio raro donde Michel Navas y Enrico Barbasini, el dúo dinámico de La Fabrique du Temps Louis Vuitton, se han convertido en los reyes del mambo. Los demás que se apañen. Y ellos a lo suyo, domesticando, doblando, puliendo y vistiendo los minutos. Contra el todo ahora. Contra la obsolescencia emocional. Navas y Barbasini, son ¡ay! como el día y la noche, uno de ojos claros y camiseta oscura, el otro de mirada oscura y camiseta blanca y los dos de manos delicadas y templadas, sonrisa culta y charla ágil y franca. Pero esos dos genios relojeros vestidos con trajes cómodos y relojes caros, esos maestros que en la muñeca podrían llevar lo que quisieran (antes de inventarse esta fábrica del tiempo que enamoró a Jean Arnault participaron en el diseño del Nautilus de Patek Philippe, en uno de los tourbillones pioneros de Audemars Piguet y en el loquísimo Crazy Hours de Frank Muller), llevan dos de los (prototipos) más bonitos del felizmente recuperado Daniel Roth. El Extra Plat, pero no en oro sino en acero, que ya se ha dicho que es un prototipo, para Navas, y el Tourbillon para su amigo Barbasini defensor apasionado de la forma octogonal, el sonido del repetidor y las complicaciones de alta relojería de la marca.

Ultraplano y esqueletado, con todo el movimiento cincelado en oro, así es el nuevo Extra Plat con que este par de suizos de adopción que cambiaron ya en los 80 el español y el italiano por el francés como lengua madre, nos daban una lección de contención, arquitectura y savoir faire llevada al límite en la reciente LVMH Week 2026. No saben decirte cuánto cuesta. No saben decirte dónde se vende. No saben decirte exactamente cuánto pesa. Pero ahora saben que pueden hacerlo, que resulta tan complicado como conmovedor conseguir que una arquitectura mecánica cincelada en oro rosa aparezca como flotando dentro de la caja. Y saben que Daniel Roth (el maravilloso relojero nacido en 1945, no confundir con el aracnólogo ni con el vicepresidente de Linkedin del mismo nombre) nunca tuvo oportunidad de construir esa genialidad técnica en sus tiempos pero que ellos han tenido la suerte y las herramientas (y el apoyo de Louis Vuitton para quienes inventan también locamente relojes tan extraordinarios como el nuevo Escale Worldtime Tourbillon que más que ser concebido como un reloj para dar la vuelta al mundo, es un objeto que romantiza la idea misma de frontera) para hacerlo. Algo parecido, pero justamente en el sentido contrario, sucede con otra de las marcas (y mitos) recuperados por este par de dos. El grandísimo Gérald Genta. Porque fieles al estilo único del diseñador axial de intuición fulminante que retorció los parámetros de la alta relojería del siglo XX en esta marca Navas y Barbasini inventan y reinventan a lo bestia, pero poniendo el foco, claro, en el diseño. Cobijado bajo sus gafas finas, gesto atento, calma matemática y bigote a lo Albert Einstein, Gérald Genta fue el inventor de los (casi todos) grandes éxitos de las marcas suizas tradicionales que cedieron a su atrevimiento y a sus diseños casi incómodos. No tuvo tiempo, falleció demasiado pronto, de volcar para sí mismo y su marca homónima toda esa producción excepcional para la que daba su cabeza pero ahora son Navas y Barbasini quienes, delegando las decisiones del diseño en el no menos genial Matthieu Hegi, lo hacen.

Cuentan más que con el consentimiento con el apasionado empuje y necesidad de honrar su legado infinito de quien fue su compañera de vida y de negocios, Evelyne Genta. Y, con el de la hija de ambos, la elegantísima Alexia que, enfundada en un perfecto sastre de Louis Vuitton, sonríe con la mirada pícara de su padre al desvelar que el nuevo reloj de la marca recuperada se llama Géneve y que ese nombre, ¡sorpresa! aun no estaba registrado. Se explaya hablando del Géneve, que recoge y celebra «L’Esprit de Genève» que Gérald Genta convirtió en su filosofía y logo. Aplaude esta nueva incorporación a la familia y sobre todo que siga siendo como todo en esa casa, un objeto que parece fuera de norma, un reloj concebido más como forma cultural antes que como producto. Una idea hecha realidad que no busca consenso sino que cuestiona, divide y provoca sin pedir permiso.

Sin embargo ella, Alexia Genta, que gestiona los miles de bocetos y conceptos que construyó Gérald Genta (muchos de los cuales nunca vieron y probablemente nunca verán la luz) mide sus horas con otra pieza todavía más Genta. De hecho no es Genta. Es Gentissima porque se trata del Oursin, un reloj cuyos orígenes se hallan en 1994, en la confluencia de la autoexpresión ilimitada de Genta y la posibilidad que tenía de experimentar sin barreras cuando se trataba de su propia marca. El caso es que el genio dibujó por primera vez ese oursin (en francés, erizo de mar) durante unas vacaciones familiares en Córceg. Poniendo especial atención a sus extensiones globulares y espinosos en su imaginación excelsa originó su forma relojera con caja redonda de lados profundamente convexos y tachonada de sus erizadas cuentas. Es el reloj que un año más tarde, en 1995 Evelyne Genta recibió de manos del maestro para convertirlo en su fetiche hasta el día de hoy. Y el que Alexia eleva ahora a obra de arte en su muñeca en una maravillosa versión de oro rosa. ¿Qué si se cambiará al Géneve? No lo sabe, dice, acaba de salir y ella está demasiado in love con el Oursin de las damas de la familia. A la espera de lo que vaya surgiendo de esa fábrica del tiempo en que Louis Vuitton y la extraña pareja reivindican la lentitud exacta y la mecánica como disciplina moral pero sin restricciones. Libres de toda barrera.



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