Para este nuevo artículo he optado por algo muy útil e ingenioso: el cronógrafo, su historia y funcionamiento. Es un tema interesante que marca uno de los avances más importantes de la relojería y en el cual, como siempre, han participado muchos relojeros y marcas para idearlo, crearlo e ir mejorándolo a lo largo de los años.
Un cronógrafo es un reloj que permite, mediante agujas adicionales, medir espacios de tiempo. Buceando en la historia, he visto que el primero que intentó una máquina de este tipo fue el relojero inglés George Graham en 1720. Agregó un mecanismo adicional a un reloj de péndulo para lograr pararlo bajo demanda y así registrar los tiempos, alcanzando una precisión aproximada de 1/16 de segundo. Impresionante para la época.
Originalmente, se consideraba creador del primer cronógrafo a Nicolas Rieussec en 1822, en un error histórico que se mantuvo hasta el año 2012. Rieussec era entonces el relojero del Rey de Francia, quien, aficionado a los caballos, le encargó un aparato para medir los tiempos de las carreras. El diseño de Rieussec consistía en un disco de papel que giraba y sobre el cual una pluma marcaba un punto con tinta al detenerlo, permitiendo así leer el tiempo en el disco. Esto determinó el nombre de «cronógrafo» (chrono = tiempo; graphos = escribir) porque, literalmente, escribía el tiempo.
Sin embargo, en 2012 apareció en una subasta de Christie’s el verdadero precursor de los cronógrafos, fabricado en 1816 por Louis Moinet. Lo llamó Compteur de Tierces por su capacidad para dividir el tiempo en fracciones de 1/60 de segundo, y estuvo «escondido» en una colección particular hasta entonces. Quién sabe cómo llamaríamos al cronógrafo de haber descubierto este portento –muy adelantado para su época– antes que el de Rieussec… En cualquier caso, creo que el nombre, tal cual lo conocemos, es muy acertado y le da un toque poético al invento.

© Louis Moinet
La aparición del reloj de pulsera impulsó nuevos cambios. El cronógrafo primero se accionaba desde la corona, como en el Longines de 1910. Luego, Breitling introdujo un pulsador independiente y, en 1934, el segundo pulsador, separando finalmente las funciones de inicio/paro de la de puesta a cero. Longines volvió a adelantarse al patentar en 1936 el Flyback, una función que permite volver a cero sin detener el cronógrafo previamente, por lo que este sigue funcionando de inmediato; algo vital para los pilotos de aviación de la época.

Es una carrera de innovaciones fascinante, pero ¿cómo funciona realmente un cronógrafo? Como dijimos al principio, se trata de un reloj (de lo contrario sería un simple contador) que, además de dar la hora, tiene agujas adicionales para medir intervalos de tiempo. Salvo excepciones remarcables, el «motor» es siempre el del propio reloj; es decir, el muelle real que mueve el tren de rodaje hasta la rueda de segundos.
El cronógrafo, por su parte, tiene sus propias ruedas contadoras de segundos, minutos y, a veces, horas, preparadas para entrar en acción. El secreto reside en conectar el tren de rodaje del reloj con el del cronógrafo. Esto se hace a través de lo que llamamos un embrague, similar al de los coches cuando metemos las marchas (ese elemento que casi ha pasado al olvido con los vehículos automáticos). Al accionar el pulsador de inicio, el embrague conecta el rodaje del reloj con el segundero del crono, poniéndolo en marcha. Al detenerlo, el embrague se desconecta, separando ambos mecanismos y parando la medición.
Existen tres sistemas de embrague: horizontal, vertical y oscilante. Intentaré explicarlos de forma sencilla, aun a riesgo de no ser excesivamente riguroso con los tecnicismos.
El embrague horizontal se llama así porque se desplaza lateralmente dentro del mecanismo. Consta de un elemento móvil llamado «corredera», que porta dos ruedas: una está siempre conectada a la rueda de segundos del reloj (y, por tanto, siempre está girando) y otra intermedia está conectada a la primera, girando solidaria a ella. Al iniciar el cronógrafo, este móvil se desplaza horizontalmente conectando la rueda intermedia con la rueda de segundos del crono, poniéndola en marcha. Al detenerlo, realiza el movimiento contrario, desconectando y parando la medición. Este era el sistema habitual en los inicios del cronógrafo y sigue utilizándose hoy en día en calibres legendarios como El Primero de Zenith.
¿Cuáles son sus ventajas? Es muy visual. Ver la corredera desplazarse y engranar con el crono es mecánicamente muy atractivo y tiene un indudable romanticismo clásico. Además, es un sistema plano, lo que permite diseñar movimientos con un perfil más bajo (más delgados).
Sin embargo, como desventaja principal está el hecho de que al tener que engranar dos ruedas en movimiento (la intermedia y la del crono), sus dientes pueden chocar entre sí antes de encajar, lo que provoca a veces un pequeño «salto» o titubeo en la aguja del crono que no resulta muy estético.
El siguiente sistema sería el embrague oscilante. Este mecanismo fue ideado por Edouard Heuer en 1887 y consta de un eje con un piñón en su base, cuyos dientes engranan con la rueda de segundos del reloj; por tanto, siempre está girando. En la parte superior del eje hay otro dentado que gira en consecuencia. Esta pieza se denomina piñón oscilante. Al activar el cronógrafo, el puente donde está fijado el piñón oscila ligeramente, conectando la parte superior con la rueda del crono y poniéndolo en marcha, mientras que la base del piñón se mantiene fija en su posición original.
La ventaja fundamental de este sistema es su sencillez y su menor coste de fabricación, lo que permite su implementación en cronógrafos de gran producción, como es el caso del conocidísimo (y no siempre valorado en su justa medida) Valjoux/ETA 7750. Su inconveniente es similar al del sistema horizontal: el encaje entre los dientes del piñón y los de la rueda del crono puede producir una pequeña vibración o «salto» visible en la aguja al iniciar la marcha.
Por último, tenemos el embrague vertical. El primero en utilizarlo fue Seiko en 1969 con su calibre 6139, y es el sistema empleado hoy en día por la mayoría de los cronógrafos de alta gama (como el Rolex Daytona o el Omega Speedmaster de última generación). En este caso, el acoplamiento entre el reloj y el cronógrafo se realiza en el centro del mecanismo, justo debajo de la rueda del crono. Esta cuenta con un disco inferior que se conecta, mediante un desplazamiento vertical, con otro disco unido a la rueda de segundos del reloj, transmitiendo así el movimiento.

Al tratarse de una unión por fricción y no por engranaje dentado, el inicio es extremadamente suave y elimina cualquier titubeo de la aguja. Sus principales inconvenientes son un mayor coste de producción y una dificultad técnica superior en su mantenimiento. Además, el mecanismo queda «escondido» a la vista, lo que impide verlo en funcionamiento. Es un detalle puramente estético, pero a los frikis de los relojes nos apasiona ver cómo interactúan los componentes de nuestros «juguetes» y es un factor a tener en cuenta.
Falta la estrella del sistema: la rueda de pilares. Usada desde las primeras versiones del cronógrafo, es sin duda el «director de orquesta» de estos mecanismos. En su base cuenta con un rochete dentado que es accionado por una palanca cada vez que presionamos el pulsador de inicio o paro, haciéndolo girar una posición. Sobre esta base se alzan los pilares, similares a las almenas de un castillo, que giran solidarios a ella.
Sobre esta rueda se apoya el extremo del embrague: cuando este descansa sobre un pilar, el cronógrafo está desconectado; en cambio, cuando cae en el espacio entre dos pilares, el sistema se conecta y la medición se pone en marcha. Es una pieza sofisticada que aporta una suavidad y precisión incomparables al accionamiento.
Volvamos a las marcas y relojes concretos, que es lo que nos da «vidilla». En el año 1969 se presentaron los tres primeros mecanismos de cronógrafo automático de la historia. Es difícil sentenciar quién llegó primero, pero la terna fue espectacular: El Primero de Zenith (embrague horizontal y alta frecuencia de 36.000 alt/h), el Chronomatic realizado por el consorcio Heuer-Buren-Dubois Dépraz-Breitling (embrague oscilante y su peculiar microrrotor) y el Seiko Calibre 6139 (embrague vertical). Sea como fuere, fue el mayor salto evolutivo de esta complicación.

Decíamos que el embrague oscilante es el más sencillo, pero eso no impide que lo utilicen grandes firmas por el poco espacio que ocupa. Es el caso del IWC Portugieser Monopusher, el F.P. Journe Line Sport Chronographe Monopoussoir Rattrapante o el Unico de Hublot. Este último, de hecho, sustituye el piñón por una rueda fabricada con tecnología LIGA, con dientes de diseño especial que eliminan por completo la vibración de la aguja. Además, en el Unico, tanto la rueda de pilares como el embrague son visibles desde el lado de la esfera, algo casi exclusivo de este modelo.
En cuanto al embrague horizontal, ya mencionamos al eterno Zenith El Primero. Pero también tenemos piezas emblemáticas como el Datograph de A. Lange & Söhne o el impresionante Traditionnelle Chronograph Tourbillon de Vacheron Constantin.
En el bando del embrague vertical, las manufacturas han apostado por él para sus calibres de referencia: el Rolex Daytona, el Omega Speedmaster (calibre 9300/9900) o el TAG Heuer Carrera Heuer 02.
Sin embargo, conectar el cronógrafo implica un alto consumo de energía que puede afectar a la amplitud del volante. Marcas como Richard Mille (en su calibre CRMC1 del RM 72-01) o Hublot resuelven esto con un embrague doble: el segundero toma la energía del tren de rodaje, mientras que la contadora de minutos lo hace directamente de la fuente de energía (el barrilete), reduciendo el impacto. «Rizando el rizo» encontramos el Duomètre de Jaeger-LeCoultre, que cuenta con dos barriletes y dos trenes de rodaje independientes: uno para la hora y otro para las complicaciones.

© Jaeger-LeCoultre
Termino este compendio con una pieza singular que demuestra que siempre se puede ir un paso más allá: el Legacy Machine Sequential Evo de MB&F. Presentado en 2022, cuenta con el sistema Twinverter que gestiona dos cronógrafos independientes con sus propias ruedas de pilares y embragues verticales. Permite cuatro modos (independiente, simultáneo, acumulativo y secuencial), convirtiéndose en un prodigio de la cronometría moderna.


Este es un tema inmenso, pero he intentado resumir lo más significativo en historia, técnica y ejemplos. Espero que os haya resultado interesante y que, si habéis cronometrado la lectura, el tiempo os haya parecido una buena inversión.













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