Rolex, con un olfato antiguo, casi ilustrado, siempre ha sabido reconocer a los fuera de serie antes de que la historia los convierta en leyenda. Esa es la verdadera identidad de la que no es únicamente una manufactura impecable, sino una fundación que entiende sus iconos –ya sea el Perpetual, el Submariner y el, a día de hoy, casi imposible Daytona– como biografías en marcha.
Llevado por su obsesión casi moral por la precisión y la credibilidad, Hans Wilsdorf iluminó el mito en 1905, acompañando desde el primer día a los genios como él en sus grandes arrebatos y logros estratosféricos. Como el que llevó en 1927 a la entonces joven secretaria británica Mercedes Glitze a atravesar el Canal de la Mancha a nado. ¡Diez horas braceando contra aguas heladas con la única compañía de su maravilloso Oyster de oro! El reloj, que recientemente ha vuelto a irrumpir como objeto de deseo en el catálogo en su versión para el siglo XXI, resistió. Salió intacto. Un éxito de locos para el primer reloj hermético de la firma erigida en símbolo mundial de la exactitud elegante que Hans Wilsdorf celebró (y mediatizó) pagando un anuncio a página completa en la primera plana del Daily Mail. No fue un acto publicitario, fue la prueba de que Rolex no se limita a medir el tiempo: lo acompaña en los momentos que lo cambian todo.
Propiedad al 100% de la Fundación Hans Wilsdorf, creada tras la muerte de la esposa del fundador, Rolex sigue operando como una empresa comercial decididamente volcada en las causas sociales, educación, cultura y el medio ambiente. Para seguir empujando al planeta hacia su lado bueno y localizando a esos genios que cambian y mejoran el mundo. Esta manufactura especialísima, la de la doble corona, es distinta. No colecciona embajadores; lo que hace es detectar destinos en un espíritu que hoy late en perfiles especialmente intensos.
Yuja Wang, por ejemplo. Entra en escena como una figura escrita en cursiva. No irrumpe: aparece. Menuda, casi mínima, pero enorme sobre sus tacones imposibles, sobredimensiona su altura, pero más la tensión musical que con ella se acelera. En la muñeca, un Rolex de acero marca una hora objetiva que pronto, cuando ella se siente al piano para negociar, a cabezazos, su temperamental elegancia, dejará de tener sentido. Yuja Wang piensa y toca con el cuerpo entero. «La música es tiempo organizado», decía Stravinski. Y Yuja Wang lo disecciona con sus golpes furiosos de cuello y espalda; ese movimiento casi peligroso que se acerca al abismo aunque en realidad es de control absoluto.

Porque Yuja Wang, como Rolex, puede ir con precisión hasta al límite y más allá, porque es su lugar natural. Su refugio seguro. Saludando poco y sonriendo lo justo, en su actuación –fue maravilloso verla en directo, tan pequeña y tan enorme–, en el Palau de la Música de Barcelona para estrenar este año, no hay afectación ni falsa cercanía. El caso es que si Glenn Gould defendía la desaparición del intérprete detrás de la obra, ella, Yuja, hace algo infinitamente más complejo. Se hace presente sin invadir. Porque está ahí para tocar, no para explicarse. Enfundada en vestidos excesivos, afilados, que no distraen de la música sino que la sitúan en el presente y con el piano no como refugio sino como extensión de la masa sonora intensa de la que es capaz su pequeño cuerpo. Entregada a sus dos manos diminutas que actúan como un sistema completo. Como un pequeño ejército perfectamente sincronizado. Es virtuosismo sin ruido que despoja a Chopin de perfume. Que esquiva toda languidez decorativa y melancolía de vitrina. Pulso. Nervio. Presente. Como el del tenis de Carlos Alcaraz donde la narrativa se acelera.
Él es capaz de energía solar. Juventud feroz, sonrisa limpia y voracidad competitiva. Cuando entra en pista el mundo también acelera. Potencia, imaginación, dejadas imposibles y derechas inventadas. Puro instinto. Rolex lo incorporó cuando era un niño (como ahora está visionando a su hermano pequeño, atención a Jaime Alcaraz, otro minigenio a sus 14 años), intuyendo en esta fiera del tenis no solo el talento sino su carácter moldeado por las tres C: cabeza, corazón y cojones, las consignas de campeón que le trasladó su abuelo. Esa es la materia prima de la gloria. Una materia prima que no se vende.
A su lado, en rivalidad magnética, Jannik Sinner. Más silencioso a pesar de su pelo irradiando en un maravilloso rojo súper intenso, y más glacial en apariencia, pero igual de implacable, el italiano juega con concentración matemática. Golpes limpios, determinación nórdica y cabeza fría para un duelo vestido siempre por Rolex. Si Alcaraz es fuego, Sinner es hielo. Pero ambos representan la nueva era de la disciplina, preparación científica y disciplina extrema que la manufactura que adora el mundo entero apoya por igual porque sigue con lo suyo de siempre. Sin elegir bandos y decantándose por la pura excelencia.
Un Daytona mide fracciones y ellos las convierten en historia. En cada tie-break, la coreografía invisible de los segundos decisivos es la misma. A ambos les acompaña esta casa obsesionada con la precisión Swiss Made que domina como nadie y la excelencia que viaja más allá del tenis. Y a todas partes. Martin Scorsese, memoria viva del cine, la soprano Sonya Yoncheva y el fenómeno del golf contemporáneo que es Scottie Scheffler también laten al ritmo de la idea de la perfección que inventó Hans Wilsdorf. Todos rigurosos. Todos distintos. Todos atravesados por la idea común de la perfección sostenida en el tiempo.
Un Submariner evoca profundidad, herencia de buceadores y resistencia. Un Oyster Perpetual es la esencia depurada y filosófica. Y un Daytona vibra con la adrenalina y la velocidad de los circuitos. De la vida diaria. Pero más allá del modelo, lo que importa son los discursos y las biografías adheridas a cada una de esas piezas de deseo. No son relojes mudos. Son símbolos de perseverancia. Porque Rolex apuesta por la duración. Por los artistas y deportistas que ensayan hasta el agotamiento. Por los creadores que entienden que el tiempo se domina con paciencia y con genio. Por los que hacen del virtuosismo su religión y de la constancia su latido perpetuo. Rolex los acompaña en sus travesías. Detecta el carácter (David Doubilet, pionero en fotografía submarina; el cineasta y explorador visionario James Cameron; Alain Hubert, explorador polar belga conocido por sus innovadoras expediciones antárticas; y Leonardo DiCaprio, entre los que se revuelven contra la crisis climática) y celebra la constancia. No como protagonista sino como testigo preciso, capaz de marcar los momentos habitados de talento verdadero. Solo aquellos susceptibles de poder ser eternos.










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