Sí, yo también he estado en la Feria de Abril, que para mí y para los otros 1749 periodistas que la han visitado este año no queda en Sevilla, sino en Ginebra, donde cambian el rebujito por el champán y las casetas por stands de lujo para entrar a vivir. Lo «nuestro» es Watches & Wonders, el mayor encuentro del sector relojero de alta gama, y ya puedo decir que he sobrevivido a él sin saber muy bien cómo, teniendo en cuenta mis errores de novata. He visto cosas que no creeríais: un modelo con gyrotourbillon de triple eje capaz de hipnotizar, otro de nombre Super Freak que solo da la hora pero parece que vaya a despegar, un calendario perpetuo con tourbillon, gran fecha y material luminiscente como para atraer mosquitos desde Lausana… Y he hecho cosas insólitas como confundir a un CEO con pajarita con un camarero y pedirle una Coca-Cola bien fresquita; dormirme mientras pasaban un vídeo en el que narraban las bondades de un movimiento y llevarme un H. Moser & Cie por olvido (lo juro) después de probármelo para hacerle unas fotos. Lo tuve que devolver.
Más que una feria, Watches & Wonders es una yincana elegante que pone a prueba tu condición física y tu capacidad para recordar nombres y para fingir que no te impresionan relojes que cuestan lo mismo que tu apartamento. El despliegue que realizan las marcas participantes y la ciudad de Ginebra no tiene parangón. El teatro que se levanta en torno a los relojes más deseados deja pequeño a cualquier otro acontecimiento al que haya asistido. Allí hay avenidas, pabellones de varias plantas, salas privadas, restaurantes, celebridades, colas, fiestas, guantes blancos, embargos, azafatas y azafatos top model y reporteros funcionando a base de café y champán. Nadie parece querer estar allí. El saludo oficial son dos preguntas: «¿Cuándo has llegado?» y «¿Cuándo te vas?».


Para un periodista, la preparación del salón arranca meses antes de que se celebre, cuando, tras las pertinentes gestiones de acreditación, las marcas comienzan a invitarte a los eventos que organizan antes siquiera de que uno sepa en qué fechas acudirá a Ginebra. Con alrededor de un mes de antelación, la organización te avisa con la ceremoniosidad de un cónclave de que la plataform online de Watches & Wonders se ha abierto, con el fin de que puedas marcar las reuniones con las relojeras que más te interesen para ir a conocer sus novedades a sus stands. Hay que dedicar una mañana entera, al menos, a jugar al Tetris con la agenda.
Cada año concurren más firmas (65 en la última edición), y no resulta fácil cuadrar los horarios. En mi ingenuidad, me apunté a casi todas las citas llamadas «touch & try» para tocar y probar las primicias, para luego darme cuenta de que la presentación de Tudor que había bloqueado se ofrecía en chino mandarín, de que la de Grand Seiko me coincidía con la de Patek Philippe y de que era matemáticamente imposible asistir a todas las sesiones en el tiempo previsto.
Por lo demás, todo son comodidades. La feria corre con los gastos de transporte y alojamiento; hay autobuses suficientes para trasladarse del hotel al salón a distintas horas y te colman de champán (¿lo he dicho ya?). El hotel bien podría ser una consigna, porque dormir, lo que se dice dormir y descansar, se descansa poco. A las jornadas maratonianas de citas les siguen veladas que se alargan, y cuando alcanzas tu habitación, aún debes abrir el portátil y escribir qué te ha parecido lo último de Rolex con dos pinzas en cada párpado para no abandonarte a los brazos de Morfeo.



En una presentación de novedades cuentas con unos 25 minutos para sacar el bloc de notas o el ordenador, grabar al que habla (para acordarte semanas después de quién ha dicho qué), tomar unas fotos y acercarte la lupa para no perder detalle. Hay que olvidarse de comer, de ir al baño y de ver la luz del sol. Y, cada media hora, aproximadamente, tienes que dejar con la palabra en la boca a alguien para correr hasta tu siguiente punto de encuentro.
Diez minutos en Watches & Wonders equivalen al cierre de un año fiscal en cualquier empresa. Todo el que se presenta allí para trabajar termina cansado, contracturado, con sueño atrasado y, como poco, un catarro, cuando no con el último grito en cuestión de gripes. Así que, en mis notas mentales para la próxima edición, he apuntado lo siguiente:
- Optar por un calzado adecuado. Caminar 20 000 pasos al día con tacones (la OMS lo debería puntuar doble) es inviable.
- Mirar el reloj más a menudo, curiosamente. Si en la primera reunión te despistas con los tiempos, el resto del día vas de cráneo.
- Acudir al gimnasio tres meses antes. Se trata de no necesitar una bombona de oxígeno para cruzar el recinto de una punta a otra.
- Meter en la maleta un bote XL de Alka-Seltzer para la resaca. Tanto champán es lo que tiene.


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