Estuve durante la hora y media que duraba el vuelo acordándome de las clases de protocolo que había visto en Instagram. ¿Cómo era aquello del código de la servilleta al levantarte de la mesa: se colocaba al lado del plato o se dejaba en la silla? ¿Se puede chupar la cuchara con la que se ha removido el café después del meneo? ¿Queda bien levantar una copa de champán por encima de la cabeza al brindar o revela tu catetismo? Y la duda más terrible: ¿se debe decir «chinchín» al chocar la copa?
Aunque mis padres se esmeraron en proporcionarme una buena educación, no sabía si podría estar a la altura de la invitación que nos había cursado una de las firmas de alta relojería más elitistas sobre la faz de la Tierra, Richard Mille, para cubrir la apertura de su nueva boutique en Mónaco.
Rumbo al Olimpo de la alta relojería en Montecarlo
Los nervios me atenazaron desde que en la redacción me propusieron para ese viaje. Había leído bastante sobre la marca que ha acompañado a Rafa Nadal a lo largo de su carrera y sabía que solo el 1 % de la población puede siquiera acercarse a una de sus tiendas, por lo que imaginé un mundo paralelo en el que los dependientes bañaban a sus clientes en champán y les recogían con un jet privado y un ramo de flores en la puerta de sus mansiones para conducirlos a uno de sus templos relojeros mientras acariciaban a sus caniches por el camino.
Aterricé en Niza y, en el trayecto hasta Mónaco en un coche de alta gama facilitado por la firma, ensayé unas frases básicas que te convierten en una persona funcional en ambientes de lujo, según la inteligencia artificial:
«Sin duda, la boutique es “muy Mónaco” sin resultar obvia, querido/a». «Se percibe que habéis pensado mucho en la comodidad del cliente». «La iluminación está afinadísima, favorece sin teatralizar».
Y la que me pareció más lograda:
«Es un espacio que invita a mirar con tiempo, lo que hoy es un lujo en sí mismo».
Por supuesto, mi agitación las mezcló todas y lo que salió por mi boca fue: «La afinación se percibe cómoda y querido/a, y resulta tan obvia que Mónaco parece un teatro».
La nueva boutique de Richard Mille en Mónaco: alta tecnología y diseño vanguardista
El equipo de la marca me miró raro por mi despliegue de afectación. Estaba fuera de lugar, ya que ellos se comportaban con una naturalidad pasmosa, como si no estuvieran inaugurando nada, como si Mónaco fuera su Mercadona. Una vez que alcanzamos la tienda, ubicada en el corazón de Montecarlo, con una escalinata a sus pies que me permití subir con la gracia de Lina Morgan, me ofrecieron algo de beber y, ante el presumible bochorno de pedir un cóctel y salir de allí cantando «Asturias, patria querida», me trajeron agua. Sencilla, sin adjetivos, sin manantial. Sin que diera lugar a que se me escapara ningún «chinchín».


© Richard Mille

© Richard Mille
La boutique es tan nueva que casi le quitamos el lazo y el papel de regalo, aunque me explicaron que ya existía un establecimiento de la firma en el Principado, por supuesto, pero que era diez veces más pequeño. El universo que ha recreado Richard Mille en sus dos pisos evoca la alta tecnología de sus relojes. Despliega cristales gruesos para separar espacios, paredes de yeso hechas a medida, acabados de metal líquido en bronce y negro y ambientes limpios, nada recargados e inmersivos. Además de una zona VIP en la planta superior con un cómodo sofá circular, un bar y una cava de puros (aunque no está permitido fumar), la estampa del puerto de Mónaco se cuela en la habitación a través de los grandes ventanales.
En el evento íntimo se hallaba Amanda Mille, directora de marca y asociaciones estratégicas de la compañía e hija del fundador, Richard Mille. Como Holley y Helen, que atendían a la prensa con profesionalidad, se comportó con un cariño y una cercanía que yo no había calculado, tratándome como si yo importara de verdad. Y qué divertida es. Hizo que todo el mundo se sintiera bien en cada momento, creó familia. El ambiente era de lo más distendido, así que bajé la guardia y me dediqué a admirar los relojes, porque pocas veces se puede pasar tanto tiempo con un Richard Mille sin ser una rica empresaria o una actriz de éxito, por ejemplo.
El RM 07-01 WG-11004: una joya de oro blanco y diamantes en la muñeca
Tuve el privilegio de probarme el RM 07-01 WG-11004, una joya de oro blanco de nombre imposible. Digo yo si no podíamos llamar a los relojes con apodos que todos recordemos, como «Ese reloj que grita que no tienes hipoteca» o «El que pide manga larga incluso en agosto». El caso es que se me agarró a la muñeca y automáticamente me creí importante, única, moderna. Una sensación de levedad recorrió mi cuerpo.
Al pasar las yemas de los dedos por su engaste invisible de diamantes inclinados solo encontré sedosidad. La delicadeza de unos índices como gotas, el calibre que pugna por mostrarse en la esfera translúcida, la perfección técnica, su reconocible forma de barril, el nuevo azul eléctrico de su correa, la corona con un diamante de difícil engarce (ay, las coronas de Richard Mille), el pulido del oro blanco… Poco me pareció el millón de euros que piden aproximadamente por él.
Puede que ya haya tocado el cielo relojero con las manos. Será difícil superar mi encuentro con el lujo más elevado y nada estirado de Richard Mille. Salí de su boutique con la muñeca huérfana y el alma llena.
En el vuelo de vuelta, ya sin necesidad de estudiar el código de la servilleta, pensé en el privilegio de estar delante de algo extraordinario sin sentirte pequeña. ¿Se sentirán igual los millonarios que pueden permitirse relojes así?





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