En relojería, la definición de «complicación» es todo aquel mecanismo o indicación distintos de la hora, por lo que técnicamente ya lo es la aguja del segundero, sea central o desplazada dentro de la esfera. Detrás vendría la humilde fecha, un disco de 31 posiciones que da un paso cada 24 horas y que venimos denominando «calendario». Y, a partir de ahí, la imaginación es el límite.
Luego podríamos «complicar las complicaciones» haciendo esos segundos retrógrados (también pueden serlo los minutos y las horas, e incluso la fecha). La cuestión –y yo diría que eso es básico y consustancial al concepto de reloj- es que sean legibles. Pero eso, como digo, es una opinión personal.

De la ecuación del tiempo al calendario perpetuo: cuando la lectura se complica
Se da la circunstancia de que algunas complicaciones ya son —permítaseme la redundancia— complicadas de leer por sí mismas. Como la ecuación del tiempo, que muestra la diferencia entre el tiempo civil y el tiempo solar verdadero. Otras, como el calendario perpetuo, se descomponen en varias indicaciones simultáneas (día, semana, mes y año) que se hacen un tanto farragosas de leer de un vistazo (en el supuesto de que el usuario necesite de verdad esa información porque no sabe en qué día vive…).

Sonería y tourbillon: la paradoja de la utilidad en la alta relojería
La reina de las complicaciones es la sonería en sus distintos grados de sofisticación: desde la sencilla y primitiva repetición de horas de cualquier campanario de pueblo hasta la maravilla de la repetición de minutos combinada con gran sonería en un reloj de pulsera que, paradójicamente, reproduce melodías hasta hace poco reservadas a las catedrales.

Por otra parte, y para desesperación de los puristas, el tourbillon ha perdido parcialmente esa aura de mecanismo mágico que compensa la gravedad. No tanto porque su implementación en un reloj de pulsera tenga poco sentido –al fin y al cabo, casi todas las complicaciones son poco útiles en el día a día–, sino porque la denostada relojería china ya es capaz de ofrecerlo a precios comparativamente de derribo. Y eso sin olvidar el cisma que el inefable Jean-Claude Biver celebró en 2016 al ofrecer tourbillones suizos por poco más de 12 000 euros (TAG Heuer Carrera 02T) y que hizo que el presidente de Patek Philippe pusiera públicamente el grito en el cielo.

Récords de complicaciones: de Vacheron Constantin a la muñeca
Desde luego, no termina aquí la lista de complicaciones. Desde la alarma o despertador o el cronógrafo (y rattrapante, y flyback…) hasta las constelaciones, mapas celestes en lugares concretos y fases de la luna, pasando por los distintos calendarios (gregoriano, chino, hebreo…), podemos encontrar hasta 63 complicaciones en el, por ahora, reloj más complicado del mundo: el Berkley Grand Complication, producido por Vacheron Constantin a petición del coleccionista con ese mismo apellido (Berkley, no Vacheron).
Si nos circunscribimos a los relojes de pulsera, la misma casa relojera es la responsable del Solaria Ultra Grand Complication La Première, con 41 complicaciones (cinco más que el Aeternitas Mega 4 de Franck Muller), lo que le otorga también el récord en esa categoría. Ahí es nada: 1521 componentes en una caja de 45 mm de diámetro y una altura de solo 14,99 mm. Otra cosa será aprender a interpretar semejante cúmulo de información.

Virtuosismo vs. ridículo: los «grandes inventos del tebeo»
Es decir, que leer según qué complicaciones se hace complicado (especialmente si la mayoría se muestran en una superficie de poco más de 15 centímetros cuadrados). Entonces, ¿tiene sentido poner las cosas más difíciles? Estoy de acuerdo en que muchas de esas complicaciones son una demostración de virtuosismo del relojero antes que la solución a un problema real fácilmente salvable con cualquier gadget electrónico, pero hay cosas que bordean el ridículo.
Es probable que alguien –de cierta edad ya– recuerde la expresión «grandes inventos del tebeo»: era una sección en una revista infantil donde un científico (el Profesor Franz de Copenhague) creaba sofisticadas máquinas para, por ejemplo, pulsar el timbre de una casa al pisar el felpudo.

Diseños contraintuitivos y vanguardia horaria
No soy un talibán. Entiendo que un reloj icónico como fue en su momento (2001) el Freak de Ulysse Nardin tenga su razón de existir hoy día y que la marca, aprovechando esa condición de pionera, haya reinterpretado una y otra vez el concepto a lo largo de estos 25 años culminando en el [Super] Freak, «el reloj con indicación únicamente horaria más complicado jamás creado». Aunque me parece farragoso como él solo, lo admito en mi lista particular porque no trata de complicar mi propia vida: la lectura del tiempo se hace a través de dos agujas (por darles un nombre) y sería capaz de leerlo de un vistazo (mejor de noche, seguramente), que es de lo que se trata.
Si me apuran, hasta un Urwerk con su lectura contraintuitiva de derecha a izquierda para los minutos (con lo fácil que lo tendrían poniendo la escala en la parte superior… ah no, que eso ya estaba inventado) me serviría con un mínimo de entrenamiento. Hasta los Ressence y su baile de agujas virtuales por toda la esfera.

Lo que para mí no tiene razón de ser es un artilugio cuya única virtud es «mostrar el tiempo como nunca antes»… A ver, que si en trescientos años de relojería no se ha mostrado el tiempo de esa forma es porque, si alguna vez se probó, salió mal. Que no quiere decir que no se le hubiera ocurrido a nadie –algunas cosas están todas inventadas–, solo que se desestimó por ineficaz.
Los que me conocen saben que tengo una marca metida entre ceja y ceja. No tanto porque ofrezcan un producto más o menos inútil, sino porque el aplauso que desde su aparición ha recibido por parte de la prensa especializada celebrando su supuesta originalidad me tiene desconcertado. Y conozco a uno que hasta se lo compró. Really, George? Seguramente no eres tú, soy yo.


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