Me van a permitir que les confiese un pequeño drama personal para mi terapéutico desahogo, con la convicción de que comprenderán mi tribulación. Atañe a mi novio, que se llama Noel. No Melchor (un amigo me preguntó una vez por el estado del rey mago, confundiendo a mi pareja con otro personaje navideño); tampoco el del arca (su abuela sí le llama Noé, pero porque es de Cartagena, Murcia). El drama no tiene relación con el nombre de mi novio, que hace buenos regalos, pero no tanto como su padre, el auténtico Papá Noel. ¿Que preferiría haber emparentado con un Abraham-Louis o con otro nombre con empaque relojero y no con alguien al que confunden con un gordo de barba blanca? Toma, claro. Pero dicen que uno no elige de quién se enamora.
La brecha analógica: convivir con un «inmune» a los relojes de lujo
El caso es que a Noel no le gustan los relojes (música de terror aquí). No le gustan nada. Cero. No le conmueven ni le ensanchan el alma, si es que tiene. Cuando escucha que un modelo encierra un calibre de manufactura, no pestañea ni siente el más mínimo escalofrío. Para él, un reloj es un objeto que da la hora, igual que un microondas (con la ventaja de que este le calienta también el café) e igual que el móvil, con el que además puede pedir un taxi y gestionar una transferencia bancaria.
Lo he intentado todo para atraerle a este apasionante sector. Le he hablado de cajas tan trabajadas que deberían contemplarse de rodillas y en silencio, de esferas que han sido concebidas por los dioses en una tarde especialmente inspirada, de saberes centenarios que ya casi no se transmiten, de la emoción de llevar una pieza de relojería mecánica que no necesita cargador. Y nada. Le he puesto delante varias piezas y le he dicho: «Mira bien», y él ha mirado con la misma fascinación con la que se mira el contador de la luz. Una vez me dijo: «Está guay». Es-tá-guay. Tres siglos de historia reducidos a tres tristes sílabas.
De la herencia emocional al pragmatismo del ladrillo
He probado, además, cierta estrategia sentimental. Le he hablado de relojes heredados, de padres que los entregan a sus hijos, de piezas que cruzan generaciones, de esa idea tan bonita de que el tiempo no solo se mide, sino que se transmite. Me escucha con atención, porque sabe detectar cuándo una conversación puede acabar en juicio sumarísimo. Y luego apostilla:
—Bueno, pero si se hereda un piso, mejor.
Noel pertenece a esa categoría de personas irritantes que viven perfectamente sin saber qué es un bisel. Duermen. Comen. Van al cine. Se reproducen (algún día). No sienten que su vida esté incompleta por no distinguir un cronógrafo de un cronómetro. Y eso, desde que trabajo en PERPETUO, me parece una provocación.
El veredicto familiar: ¿un Royal Oak o un taladro inalámbrico?
Con permiso de Loquillo y Trogloditas: «Mi padre no lo dice, pero me mira mal. ¿Quién es el chico tan raro con el que vas?». Cuando invita a Noel a casa, le mira la muñeca antes que la cara. Es un gesto rápido, casi clínico. Primero muñeca izquierda, luego saludo. Si no encuentra nada, sonríe con una mezcla de cortesía y duelo. Confía en que no me case con él un día y, en vez de un reloj de pedida, le tenga que obsequiar con un taladro inalámbrico o una freidora de aire, símbolos contemporáneos del compromiso.
En su defensa diré que Noel es una buena persona, que hace unas tortillas de patata riquísimas y que monta muebles de Ikea sin que le sobren o le falten piezas. Ahora bien, ¿compensa que luego mire un Royal Oak como quien mira una tapa de alcantarilla? Aún me lo estoy preguntando.


Mi plan de «conversión» hacia la relojería tradicional
De momento, lo sobrellevo. Cuando me dice que no necesita un reloj, yo le respondo que nadie necesita una cazadora molona, una consola o una lámpara de diseño, y aun así la civilización ha decidido seguir adelante. Él sonríe, me besa en la frente y me dice que le avise cuando encuentre uno que también le sirva para no llegar tarde.
Inasequible al desaliento, y con la inestimable ayuda de ChatGPT (porque el amor también tiene algoritmos), he decidido iniciar el enésimo plan de conversión gradual. Sin presión ni discursos. Solo exposición controlada. Una foto por aquí, una anécdota por allá, un «mira qué curioso este detalle» mientras cenamos. Nada agresivo o que pueda interpretarse como adoctrinamiento. Apenas una campaña suave de reeducación estética en el ámbito doméstico.
No estoy intentando que a Noel le encante la alta relojería, sino que entienda que, a veces, lo importante no es llegar a la hora, sino llevar en la muñeca una pequeña razón para mirar el tiempo de otra manera. Y eso, visto desde fuera, quizá suene absurdo. Pero también lo parecía en mi primer día en Perpetuo, cuando pensaba que un tourbillon era un nanoventilador.


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