Para hablar y escribir con propiedad sobre relojería hay que ser gallego. Porque la respuesta correcta a casi cualquier pregunta es la misma: depende.
Un ejemplo: ¿cuál fue el primer reloj de pulsera de la historia? Pues depende. ¿Se refiere al primero concebido desde el principio para llevarse en la muñeca? ¿Al primero del que se conserva una prueba física? ¿Al primero fabricado en serie? ¿Al primero masculino? La explicación (con ejemplares de Breguet, Patek Philippe o Cartier en liza, según el criterio elegido) rara vez cabe en una sola línea.



El dilema de la marca de relojes más antigua del mundo
Otro debate clásico: ¿cuál es la marca relojera más antigua del mundo? Depende de si hablamos de una marca, de una empresa o de una continuidad histórica.
Si se concluye que Vacheron Constantin (1755), conviene añadir que es la manufactura más antigua con actividad ininterrumpida. Si se elige Blancpain (1735), hay que recordar que fue fundada antes que Vacheron, pero que su trayectoria como empresa no ha sido continua. Y si cambiamos el criterio y hablamos de nombres comerciales, el panorama vuelve a complicarse: Longines suele considerarse uno de los primeros ejemplos de marca relojera moderna y conserva el logotipo registrado más antiguo aún en uso (un reloj de arena alado de 1889), mientras que Girard-Perregaux también reclama una parte de esa historia, al remontar sus orígenes al taller que Jean-François Bautte abrió en Ginebra en 1791, cuya herencia incorporaría posteriormente la casa.


Decir «depende» con elegancia y el rigor de los archivos
Después de unos meses escribiendo sobre relojes he aprendido que el oficio consiste en decir «depende» con elegancia, en desconfiar de los superlativos y en llenar los textos de condicionales («podría ser», «hasta donde sabemos», «la casa sostiene que», «según los archivos disponibles»…). Cualquier certeza tiene fecha de caducidad.
Basta con que alguien digitalice un catálogo del siglo XIX para que «el primero del mundo» pase a ser «uno de los primeros de los que se tiene constancia». O que aparezca un viejo folleto comercial olvidado en un desván de Glashütte para comprobar que un relojero sajón ya había hecho algo parecido cuarenta años antes. Por eso, cada vez que una nota de prensa proclama una primicia mundial, en algún archivo europeo se enciende una luz y un bibliotecario sonríe. Y yo entro en pánico y me preparo para pasar la tarde leyendo patentes del siglo XIX.
El problema no es que falten documentos, que también. Es que cada marca guarda los suyos y todos parecen demostrar que, casualmente, fueron los primeros en algo. Nunca los segundos. Los minutos ya los discutimos otro día.
Con el tiempo desarrollas una especie de sexto sentido. Hay palabras que me hacen levantar una ceja: «el primero», «el único», «jamás», «el más antiguo», «el más complicado»… No porque sean necesariamente falsas (que a veces también), sino porque suelen salir del departamento de marketing bastante más guapas de lo que entraron.
El valor del adjetivo exacto en la prensa relojera
Al principio pensaba que escribir era cuestión de poner puntos y comas. Ahora sé que consiste en elegir el adjetivo exacto para que dos marcas puedan leer el mismo artículo y las dos crean que les has dado la razón. «El primer reloj de buceo moderno producido en serie y concebido para uso profesional» no es una descripción: es un tratado de paz.

He descubierto también que las palabras son las piezas con más desgaste de la relojería. «Impermeable» no significa hoy lo mismo que hace un siglo. «Manufactura» tampoco. Ni siquiera «marca». Porque una marca puede cambiar de propietarios, de fábrica, de movimientos e incluso de país y celebrar, sin inmutarse, el mismo cumpleaños de siempre.
La certeza del fútbol frente al prólogo de la relojería
Qué gozada debe de ser escribir sobre fútbol. España ganó el Mundial masculino en 2010, el femenino en 2023 y de nuevo el masculino en 2026. Sabemos las fechas, los rivales de la Selección, las alineaciones, los resultados y quién levantó cada copa. Nadie duda de si el balón de la final fue realmente el primero de su categoría o si ya existía otro muy parecido utilizado en el patio de un colegio escocés en 1878. En el fútbol nadie discute el acta de la final. En relojería seguimos discutiendo el prólogo.
Lo preocupante es que la deformación profesional acaba extendiéndose a la vida cotidiana. Ya no respondo «sí» o «no» a casi nada. Digo «depende» cuando me preguntan si me gusta la pasta, pido que se definan los términos y dejo abierta la posibilidad de que aparezcan nuevas pruebas. Mi mayor miedo ya no es equivocarme. Es acabar diciendo «presuntamente» cuando me pidan que le pase a alguien la sal.
Quienes no me conocen creen que soy gallega. Ya no les contradigo.


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