Me presento: mi nombre es Rebeca y, hasta hace dos días, llevaba un Apple Watch. No distingo un tourbillon de un nanoventilador, pero aquí estoy, en la redacción de PERPETUO, para labrarme un futuro como periodista relojera a instancias de mi padre. Coleccionista de relojes, lo recuerdo desde pequeña encerrado durante horas en esa habitación del sótano libre de polvo, con control de humedad e hilo musical en la que almacena sus joyas y en la que están prohibidas dos preguntas: «¿puedo tocarlo?» y «¿cuánto cuesta?». En casa le llamábamos Gollum, porque cuanto más se obsesionaba con sus tesoros, más bajaba la voz en su presencia y más pelo perdía. De niña, pasaba de puntillas por la puerta, con miedo a despertar a aquello que se me ocultaba; y hasta ahí llegó mi relación con esos objetos. Pero hoy, caprichoso destino, vuelvo a ellos con una mirada virgen y con la esperanza de poder tocarlos, comprenderlos y amarlos como mi padre.
Mucho me queda para ello, me temo; porque en mi primer día como becaria en Perpetuo no solo no me han concretado el descuento que me harán en las tiendas relojeras ni la fecha de mi primer viaje a Suiza –de donde viene casi todo lo que importa–, sino que me han sentado en una silla delante de un ordenador y me han encargado que descargue fotos de las novedades relojeras que se han presentado en una feria llamada LVMH Watch Week. Y son muchas novedades.
Mientras voy obteniendo esas imágenes pluscuamperfectas, con detalles que el ojo humano no puede ver, con mil y un ángulos diferentes, observo cada pieza. Lo que se vende como «la vanguardia del lujo» ofrece una idea de «función» que se quedó anclada en algún momento entre el primer tranvía y la invención de la bombilla. «Bienvenida al siglo XIX», pienso. Ningún reloj de estos va a actualizarse cada tres meses. Ninguno parece ser capaz de geolocalizarme ni de registrar las calorías que pierdo cuando corro. Ninguno me va a preguntar cómo me siento hoy ni va a analizar mis traumas ni mi salud mental. Estos relojes no te cuidan: ¡tú tienes que cuidar de ellos!
Me veo a mí misma vestida con miriñaque haciendo un unboxing de un candil, una comparativa «teléfono vs. telégrafo» con tono de gurú («el telégrafo es más minimalista, pero el teléfono tiene mejor experiencia de usuario») o cubriendo el lanzamiento mundial de la máquina de coser.
Pero, a la altura de la foto número 8843, empiezo a comprender. ¿Y si en mi Apple Watch –ya escondido bajo siete llaves– no miraba la hora, sino que que consultaba era un panel de control de mi existencia? ¿Y si vivía bajo el yugo de un dispositivo que me avisaba de que llevaba demasiado tiempo sentada, de que había respirado poco, de que había respirado mal o de que, quizá, debería respirar mejor; mientras que un reloj de los que estaba admirando en el ordenador no solo no me mandaría ni me corregiría ni me cuantificaría, sino que se limitaría a decir: «son las doce y veinte», sin presionar, sin ruido y adornando mi muñeca como una joya?
Me despierta de mis cavilaciones la urgencia de mis compañeros por publicar, cuanto antes, las novedades de la primera feria del año: la de la división relojera del grupo LVMH. «Ojo con el embargo», me dice uno. Ah, ¿que Hacienda también está detrás de todo este tinglado? Nada escapa a sus garras, es indignante. Ante mi cara de sorpresa, el jefe me explica que las marcas de relojería establecen una fecha y una hora para la publicación de algunos modelos, y que a eso se le llama embargo. Romper un embargo es como darle a «Reenviar a todos» en un correo confidencial: no pasa nada hasta que descubres que ya nadie te copia en nada.
Me quedo mirando a mis compañeros en silencio. Ellos, como mi padre, han entendido algo que pocos de mi generación valoran, porque estamos acostumbrados a un mundo en el que las cosas nacen para desaparecer poco después. Cosas que se diseñan para durar lo que dura una tendencia o para morir en la próxima actualización. El sueño húmedo de los que desarrollan estos relojes es que pasen de una generación a otra, de una muñeca a otra, que sigan enamorando cuando sus dueños ya no estén.
Así que mi trabajo será explicarle a mi generación que existe un objeto que no vibra, que no juzga y que no te mide, y que, precisamente, por eso vale. Ya empezaré con eso cuando me dejen escribir. Por ahora, sigo descargando decenas de fotos.


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