Llevo un mes trabajando en PERPETUO. Ya no llego a las 9 en punto de la mañana a la redacción (no, en Suiza no nos cronometran) y he leído 9 823 475 029 345 páginas de libros como Watchmaking, de George Daniels; The Wristwatch Handbook, de Ryan Schmidt, y Hands of Time: A Watchmaker’s History, de Rebecca Struthers. A estas alturas, tengo la cabeza como un tourbillon. No distingo un cronógrafo de un cronómetro ni me acuerdo de qué es un carrousel. Temo mezclar conceptos y vomitarlos sin criterio sobre un artículo en el que confunda un Submariner Date con un GMT-Master II o un Spirit of Big Bang con cualquier Richard Mille.
Seguramente, me habría ayudado mucho contar con algún manual escrito en español, pero la biblioteca relojera mundial ha decretado que el idioma que hablan unos 600 millones de personas (el 7,5 % de la población de la Tierra) no sirve para explicar el guilloché ni el anglage. Acudo al bueno de ChatGPT en busca de respuestas: «Sí que hay libros de relojería en español; lo que pasa es que hay pocos, muchos son traducciones y una parte importante está descatalogada (o se mueve en circuitos muy nicho)». Y todo porque, al parecer, el mercado español es más pequeño y arriesgado para las editoriales, y porque estos libros con tantas fotos son costosos de producir. La alta relojería es cara hasta para explicarse.
El caso es que, para escribir mi próximo artículo –el primero–, necesitaré tantas pantallas como el centro de control de una misión espacial de la NASA. Tendré que tener a mano mis apuntes de estudiante de periodismo sobre cómo escribir titulares con gancho sin engañar necesariamente al lector; también las notas que he tomado de cuantos libros sobre relojería han caído en mis manos, que ya suman más folios que el expediente del caso Gürtel; los dibujos escaneados que me han hecho los compañeros para indicarme las partes de un reloj mecánico, que ni Leonardo da Vinci hubiera trazado mejor; un diccionario de inglés y de francés; las notas de prensa que envían las marcas con información sobre sus novedades; los emails con las fechas de embargo (ya tengo mi propio calendario); el Diccionario de la Real Academia Española, más el de sinónimos y antónimos, y algunas agendas con teléfonos. Las pestañas me llaman.
Aún no me dejan escribir, pero ya he tocado algunos relojes. El otro día ayudé a organizar una sesión de fotos de cronógrafos y a la redacción llegaron cinco piezas intimidantes. Tanto por su aspecto recio y lujoso como por los guardaespaldas que los trajeron en maletines rígidos, con sus guantes (como si fuéramos a extraerles las tripas en un quirófano), sus gamuzas (para no dejar huellas como en un crimen perfecto) y su cara de «como le hagas algo a este reloj me encargaré de que tu vida se convierta en un infierno». Estuvieron custodiando los tesoros hasta que se apagó el último foco.
Una sesión de fotos relojera tiene mucho de liturgia forense. Se requiere de una mesa estable con fondos (papeles, maderas, piedras), de soportes para elevar el reloj, de una luz suave para superficies reflectantes y de cartulinas blancas y negras para levantar sombras y tapar la silueta del fotógrafo, que se cuela en el cristal o el bisel. No lo intenten en sus casas: el trabajo para plasmar un reloj de manera nítida, natural y sin reflejos es ímprobo. En general, se pierde más tiempo quitando motas de polvo que fotografiando. Y cinco minutos de limpieza te ahorran una hora de postproducción.
Yo estaba ahí, sosteniendo los relojes como si fueran bebés, con una mezcla de reverencia y pánico. Cuando terminó la sesión, me quité los guantes con ceremonia y me lavé las manos como un cirujano. Y esa fue mi humilde contribución a la historia de la alta relojería. No sabré lo que es un carrousel, pero al menos soy limpia y aseada. Llegué a tomarme ciertas licencias con un cronógrafo de 72 000 euros que me probé en la muñeca. Mientras sudaba ríos, el resto de mis compañeros hablaba de su precio con familiaridad. En plan: «teniendo en cuenta que es de oro rosa, es casi una ganga». O «tratándose de un Patek, está ajustado de precio». En un alarde de bocachanclismo, les pregunté si ellos se podrían permitir un modelo así. Y me dijeron que, con ese mismo dinero, antes tendrían que liquidar una mínima parte de la hipoteca, las extraescolares del niño y, además, una endodoncia que estaban pagando a plazos. Moraleja: somos apasionados de la relojería que eligieron el oficio equivocado. Nos tocó el periodismo, siempre mirando el lujo desde la barrera.


Deja un comentario