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El misterio del tiempo: entre Agatha Christie y la edad de oro de la relojería

Entre el suspense de Agatha Christie y la elegancia del Art Déco: el momento exacto en que el reloj de pulsera conquistó el mundo.

Beatriz Roldán
marzo 15, 2026
6–9 minutos

Entre mansiones británicas, intrigas a puerta cerrada y despertadores que marcan el destino de los personajes, la última adaptación de una novela de Agatha Christie nos hace reflexionar sobre la omnipresencia del tiempo y nos traslada a la década de 1920, cuando el reloj de pulsera conquistó definitivamente la muñeca y dio lugar a algunos de los iconos más perdurables.

Durante una parte de mi adolescencia, y sobre todo en verano, descubrí el placer de leer los libros de Agatha Christie. Lectora empedernida de literatura, me encantaba refugiarme del calor veraniego entre las paredes de las mansiones y trenes de lujo por los que transitaban como Pedro por su casa los crímenes, las tramas, las coartadas imposibles y la astucia llevada al límite de la aritmética del inspector Poirot o Miss Marple o de algún avezado aprendiz de detective que apareciera en el libro del momento. 

No fue hasta mucho más tarde cuando volví a disfrutar del intrincado entretenimiento que proporciona Christie, pero esta vez en forma de película o serie. Y es que las interpretaciones en la pequeña pantalla siempre me han atraído con la fuerza y el brillo con los que las épocas pasadas ejercen su poder de seducción. 

Precisamente a este tipo de seducción he vuelto a sucumbir con Las siete esferas, la última adaptación de la novela homónima de la reina del suspense. No ocultaré que, en parte, el título referido a la relojería y la actuación de Helena Bonham Carter (una de mis actrices favoritas) han contribuido mucho a ello. Y menos mal, porque, si bien la puesta en escena es excelente, el resto de la trama no me pareció que estuviera a la altura del perfeccionismo casi enfermizo de la autora de suspense, sobre todo en lo referente a la psicología de los personajes y a su interpretación. 

Pues bien, conforme iba dándole a pausa para intentar descifrar el modelo de reloj que aparecía en la muñeca de un personaje o en los siete despertadores que, metafóricamente, dan nombre a la serie, tuve que buscar en Google (algo que, confieso, suelo hacer bastante a menudo mientras veo una película) para apaciguar mi curiosidad. El resultado de mi búsqueda fue el siguiente: los relojes (despertadores, en particular) son centrales en la trama, ya que marcan eventos y dan pistas, aunque en los clips promocionales no se confirman marcas específicas, debido a la ambientación de misterio y a la época (1920).

Tras este paréntesis, y aunque algunas marcas de relojes me resultaban casi identificables, al final me di por vencida. No se trataba de un cameo relojero como el de White Lotus en apenas tres capítulos, sino de un encuentro mucho más filosófico: la omnipresencia del tiempo en cada rincón y costura de la trama de esta genial obra de arte en miniatura. Lo cual me recuerda una frase que leí recientemente: «Esperan simplemente que pase el tiempo. El tiempo tiene que pasar para alejarse de él, para salir de allí. Cuentan las horas, los días, se agotan» (Días sin hambre, de Delphine de Vigan).

Bajo este marco conceptual, que alimenta la trama y desgrana de manera angustiosa cada segundo de la vida de los personajes, sea de ficción o de la realidad, hay algo que sí se puedo contar sobre la relojería de los años veinte, la época en la que transcurre la trama de la miniserie.

Y es que la década de 1920 fue un periodo de transición fundamental en el que los relojes de pulsera consolidaron su dominio sobre los de bolsillo, impulsados por la estética del Art Déco. Algunas de las firmas más famosas lanzaron modelos que siguen teniendo no solo vigencia, sino también un papel protagonista en la escena actual. Nos referimos, principal, pero no únicamente, al Tank de Cartier y al Rolex Oyster.

Tank de Cartier, adiós a las armas

Aunque el prototipo nació en 1917, fue en la década de 1920 cuando Cartier expandió una línea de diseño que hoy es el pilar de la marca. Nos referimos al reloj Tank: un icono que ha evolucionado con los tiempos sin soltar amarras con el pasado. 

Partiendo del original de Louis Cartier, inspirado en la vista cenital de los tanques Renault FT-17 utilizados por el ejército francés, de sus múltiples declinaciones, destacan tres por su elocuencia estética. Hablamos del Tank Cintrée (1921), con una caja alargada y curva, diseñada para ajustarse ergonómicamente a la muñeca, y del Tank Louis Cartier (1922), que sublimó el diseño original con bordes más redondeados, convirtiéndose en el estándar de elegancia de la marca. Un detalle que tal vez influyera en el galán de cine Rudolph Valentino cuando adquirió una versión temprana del Tank Louis Cartier que se empeñaría en lucir en la película de 1926 El hijo del jeque.

© Revolution
© Revolution
© Revolution

Otra de sus declinaciones de corte más exótico, el Tank Chinoise (1922), replicaba la arquitectura de los templos orientales, muy admirada en Europa durante el periodo Art Déco. Se distinguía por sus barras horizontales prominentes situadas en la parte superior e inferior de la caja, que evocaban las vigas estructurales de los portales tradicionales asiáticos.

© Cartier

Y es que, como ya quedó plasmado en la famosa frase de Andy Warhol —«No lo llevo para saber la hora. De hecho, nunca le doy cuerda. Lo llevo porque es el reloj que hay que llevar»—, el Tank de Cartier es, más que un reloj, un mito.

Rolex Oyster (1926), del mar al estrellato

El modelo Oyster es uno de los hitos más importantes de la relojería y celebra este año su primer siglo de vida. Fue el primer reloj de pulsera con una caja herméticamente sellada y corona a rosca, lo que lo hizo totalmente resistente al agua. Su fama se consolidó en 1927 cuando Mercedes Gleitze cruzó el Canal de la Mancha nadando con uno en su muñeca. 

© Sotheby’s
© Sotheby’s
© Rolex

Tras este debut, que la marca convirtió en una poderosa operación de comunicación, llegó el Oyster Perpetual de 1931, modelo base y la esencia pura de Rolex, llamado así por introducir el rotor automático «Perpetual» en 1931, combinando hermeticidad y carga automática. Le siguió el no menos famoso Rolex Datejust, primer reloj automático con fecha en ventana de cambio instantáneo nacido en 1945 y engalanado con el brazalete Jubilee, que pronto devino prototipo de reloj elegante y técnico a la vez. 

Oyster Perpetual 1931 | © Rolex
Datejust 1945 | © Rolex

En los años 1950 vieron la luz los otros Oyster que figuran en el imaginario colectivo como el summum de la identidad de la corona de cinco puntas y que se enmarcan en los universos de mar, aire y tierra, respectivamente: Submariner (1953), GMT-Master (1955) y Explorer (1953).

Ya proyectado hacia el futuro más cercano, y mientras que de los años 1970 a 1990 del siglo pasado el Oyster se convierte en estándar de durabilidad en relojería de lujo, a partir del 2000 las mejoras técnicas y la certificación Superlative Chronometer introducidas en la línea lo consolidan no solo como auténtico referente técnico, sino también como un icono estético atemporal dentro de la alta relojería.

Títulos de crédito que dieron (y darán) mucho que hablar

Hay otros cuatro modelos emblemáticos de esta época que son tal vez menos conocidos, pero no por ello menos carismáticos y significativos para la historia del reloj de pulsera. Hablamos del Historiques American 1921 de Vacheron Constantin, el Piping Rock (1928) de Hamilton y el Reverso de Jaeger-LeCoultre que, aunque data de 1931, es frecuentemente asociado a la estética Art Déco por derecho propio. 

Aquí dejo dos pequeños apuntes sobre los modelos de Vacheron Constantin y de Hamilton. El primero fue diseñado específicamente para el mercado estadounidense durante los felices 20 y se caracterizaba por su esfera diagonal y la corona situada en la esquina superior derecha. Este diseño permitía a los conductores leer la hora fácilmente sin soltar el volante y cuyo centenario fue homenajeado con el modelo American 1921 Collection Excellence Platine en edición limitada de 100 piezas, así como con una versión en oro blanco.

  • © Vacheron Constantin
  • © Vacheron Constantin

En cuanto al Hamilton Piping Rock, su nombre hace referencia al exclusivo club social de Long Island del mismo nombre, frecuentado por la élite económica y cultural estadounidense.  Exponente máximo del estilo Art Déco americano, presentaba una caja con formas geométricas y números romanos grabados directamente en el bisel de esmalte, que rompía con el diseño de esfera tradicional de la época. 

© Hamilton

Hay más modelos emblemáticos de esta época loca según lo historiadores, pero extraordinariamente experimental en términos relojeros. Y es que la popularización del reloj de pulsera tras la Primera Guerra Mundial y el auge del Art Déco fue una mezcla explosiva que se materializó en diseños audaces y avances técnicos cuya relevancia sigue marcado el ritmo de nuestro cine y nuestra vida.

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