Apostaría cuatro a uno a que, si ahora preguntamos a cualquier aficionado quién fue Gérald Genta, saldrán –por este orden– el Royal Oak de AP, el Nautilus de Patek y el Polerouter de Universal Genève, aunque según el propio diseñador vendió 500 diseños más… a precios de risa: por el diseño del Midas para Rolex cobró 15 francos suizos. Genta es hoy en día Patrimonio de la Humanidad Relojera, y pocos aficionados que se consideren tales no saben quién es. Pero ¿sabías que el Nautilus no fue un encargo, sino una propuesta del propio Genta a Patek? ¿O que, antes de ofrecérselo a los Stern, se lo habían rechazado desde Piaget porque no estaban interesados en producir relojes de acero?

Al margen de estas anécdotas, cabe recordar que la «Gentamanía» –hablo siempre del ámbito de nuestro micromundo– es un fenómeno relativamente reciente. Hasta, más o menos, principios de este siglo, el de Genta era un nombre que solo sonaba en la industria como proveedor de servicios, a pesar de que había establecido su marca epónima en los años 70. Fallecido en 2011, su fama explotó.
Puede que sorprenda a alguno, pero no es –o fue– el único diseñador especializado en relojes. Nombres como el de Jorg Hysek (este era fácil), Emmanuel Gueit, Taro Tanaka o Eric Giroud están detrás de algunos de los éxitos más sonoros de este siglo –e incluso del anterior–, pero siguen siendo unos desconocidos del gran público que admira o incluso disfruta de sus diseños. Esta es solo una pequeña reseña:

Jörg Hysek nació el 14 de mayo de 1953 en Berlín Este y, en 1960, emigró junto con sus padres a Ginebra, justo antes de la construcción del Muro. Estudió micromecánica durante dos años en la Escuela Técnica Superior de Biel, de donde pasó a la Escuela Profesional de Relojería (en alemán, Berufsfachschule für Uhrmacher) y, en 1973, siguiendo su pasión por la escultura, a la Academia de Artes de Londres. Después de tener que dejar dichos estudios por falta de recursos, fue contratado por Rolex como diseñador, lo que cambió su rumbo para siempre. Pasó cuatro años allí y, con 24 años, decidió abandonarla para fundar su propia empresa de diseño, Hysek Styling. Suyos son los diseños del hoy aclamado 222 de Vacheron Constantin y de su «secuela»: el Overseas. Aunque no solamente; también está detrás de, entre otros, el Kirium de TAG Heuer (tal vez su pieza más personal), del Arctura Kinetic de Seiko o del Marine de Breguet, además de los relojes producidos bajo su propio nombre a partir de 1999, donde se percibe su formación como escultor.

A diferencia de otros diseñadores, el destino de Emmanuel Gueit estaba escrito: su padre, Jean-Claude Gueit, diseñaba para varias marcas relojeras y, desde niño, su entorno estuvo relacionado con esa industria. Suizo, nacido en 1967, ha trabajado con Piaget, Harry Winston, Hermès y Rolex, pero tal vez su diseño más sonado –y, en su momento, polémico– es el Offshore para Audemars Piguet, quien le confió la puesta al día de la colección Royal Oak cuando contaba con tan solo 22 años. Tan polémico fue que el mismísimo Genta irrumpió en el stand de AP en Basel en 1993, gritando: «¡Habéis matado mi Royal Oak!». Curiosamente, Gueit es también el padre del Rolex Cellini Moonphase (referencia 50535), en las antípodas estéticas del Offshore, demostrando que no es un diseñador «encasillado». Su última aventura ha sido colaborar con una nueva marca (que no es tan nueva: tiene su origen en 1850, como cajista) con la que hace «relojes que parecen Patek pero a 600 libras». Relojes de cuarzo con esferas de piedra –malaquita, ojo de tigre– que se venden como pan caliente y que incluso tienen un premio del GPHG. Su lema (heredado de su padre): «Tu diseño tiene que ser reconocible a diez taburetes (de bar) de distancia».

En la década de 1950, Seiko (entonces K. Hattori) ya tenía un gran éxito en Japón. Producían relojes para el mercado interno japonés desde 1913 y eran, con diferencia, la marca nacional más grande por volumen. Fuera de sus fronteras, la cosa era muy distinta. Si bien las piezas en sí estaban bien hechas, sus diseños eran anodinos, con cajas redondas y esferas monótonas que no podían competir con los suizos. En 1956 se creó oficialmente el «departamento de diseño» que durante tres años se ocupó exclusivamente del color de las esferas, mientras que el asunto de las cajas y brazaletes siguió en manos del departamento industrial. Todo esto cambió en 1959, cuando Seiko contrató al primer diseñador digno de ese nombre: Taro Tanaka, un recién graduado cuya primera misión fue contemplar el reloj como un todo. Para ello estableció una «gramática del diseño», inspirada en la lapidación de gemas, que constaba fundamentalmente de cuatro puntos:
- Todas las superficies y ángulos de la caja, la esfera, las agujas y los índices deberán ser planos y geométricamente perfectos para reflejar mejor la luz.
- Los biseles tienen que ser simples curvas facetadas, bidimensionales.
- No se debe tolerar ninguna distorsión visual desde ningún ángulo y todas las facetas tienen que tener acabado de espejo (el llamado zaratsu).
- Las cajas deben ser únicas, sin diseños genéricos.
Esta filosofía fue la guía de Seiko desde 1962 hasta finales de los años 70, empezando por la económica serie 5: el Seiko Sportsmatic 5 de 1963 fue el primer reloj en ganar el Good Design Award (Japón), aunque es cierto que se dio prioridad a King Seiko y Grand Seiko (nota: es importante recordar aquí que, en 1962, Grand Seiko no era una marca ni una gama, sino un modelo único, la cúspide del catálogo de Seiko). Aun así, el toque de Tanaka (al menos en el diseño de la caja) se puede ver en muchos de los Seiko clásicos más emblemáticos de la época, incluidos el Lord-Matic, el 6139 Pogue o el 6138 Bullhead. Un último apunte sobre el Seiko 5: según el propio Taro Tanaka, el 41897 de 1963 sigue siendo su mejor diseño hasta el día de hoy.

Finalmente, aunque en realidad no sería el último, tenemos un nombre que aparece en los medios de vez en cuando, coincidiendo con un diseño más o menos sonoro, como pueden ser las creaciones para MB&F. Se trata de Éric Giroud, que cuenta sus clientes literalmente por docenas, desde Vacheron Constantin hasta Swarovski, pasando por Louis Erard y algunas otras que le han prohibido mencionar. Algunos dicen que es el heredero espiritual de Genta, algo con lo que podríamos estar de acuerdo si atendemos a su extensísima producción.
Suizo y arquitecto de formación, entró en el diseño de relojes casi por casualidad: después de tener que cerrar su despacho de arquitectura –y de un viaje casi iniciático por África que duró año y medio– estaba trabajando en un estudio de diseño gráfico cuando apareció un cliente que buscaba un diseño para un reloj. De todas las propuestas, la de Giroud fue la elegida por el cliente, que era ni más ni menos que Jack Heuer, quien le abrió un mundo nuevo. Ha trabajado desde cero –casi todos los MB&F salen de su cabeza, incluyendo el M.A.D.1 (o MAD-2)– o rediseñado relojes con tanta personalidad como los Speake-Marin en la etapa pos-Peter Speake. De su etapa como arquitecto le ha quedado la máxima: «Recuerda siempre para quién estás diseñando. El proyecto en el que trabajas es para un cliente, no es tu propia casa».


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