Cuando me prestaron un Piaget para que escribiera un artículo sobre él (mi primera reseña, ¡chispas!), no imaginé que fueran a asaltarme tantas dudas. ¿Qué se supone que debía hacer con él exactamente? ¿Sacarlo a pasear y ver cómo incidía el sol sobre sus aristas? ¿Comprobar si el cierre hacía clic con seguridad o con indiferencia? Tenía una semana por delante para averiguarlo (ese fue el generoso plazo que me dio la marca), y durante los primeros tres días no libré al reloj de su embalaje original por miedo a que se me cayera.
«La gente no suele comprar relojes para abandonarlos en la caja fuerte de un banco ni tú vas a ganar un Pulitzer con la estrategia del avestruz», pensé. Así que, al cuarto día, entreabrí el estuche. Unos rayos de luz emanaron de su interior con la firme intención de cegarme y lo cerré de golpe. Ahí dentro había un objeto con vocación de faro. Lo volví a abrir, no sin antes protegerme con unas gafas de sol. Efectivamente, estaba ante un Piaget automático de tres agujas con un bisel de diamantes más grandes que mi autocontrol frente a las cosas fulgentes. Eso no era brillar; era un acto de agresión lumínica.
Logré sacarlo de allí, dediqué unas tres horas a retirar todos los plásticos que lo cubrían y me lo ceñí a la muñeca. Lo primero que hice fue llevármelo (acompañarlo, más bien) al Mercadona. Había que bajarlo a tierra y no se me ocurrió un lugar más mundano. Puesto que estaba empezando a normalizar el lujo bajando la basura en bolsas de firmas exclusivas (cojo las que pululan por la redacción porque son de cartón y yo reciclo), decidí que los ricos también debían ir con cierta frecuencia al supermercado, aunque fuera a uno de esos en los que frotan cada manzana con guantes de algodón.
Aprendí que un bisel de diamantes puede esconder un efecto secundario que nadie menciona en las fichas técnicas: te obliga a ser consciente de tus gestos. Levantas la mano para coger una ristra de chorizos y parece que vas a inaugurar la sección de embutidos. Sin embargo, no sentí miedo. ¿Quién iba a pensar que una joven que metía la mano y parte del brazo en la bandeja de pepinillos al peso iba a bañar un reloj de 59 000 euros en salmuera para comprobar su hermeticidad?
Peor lo pasé en el mismísimo Barrio de Salamanca. Se me ocurrió salir con una amiga a comer a un restaurante de moda para deslumbrar al personal cada vez que alguien me preguntara la hora. Pero mi amiga, que no distingue un tourbillon de un nanoventilador, es «urraca mala» y me arruinó la comida antes de que llegara el primer plato leyéndome un sinfín de titulares:
- «Detenidos por tratar de robar un reloj de 100 000 euros a un empresario canadiense en Madrid» (marzo de 2026).
- «Detenidos los ladrones de relojes de lujo que asaltaron al exministro Alfonso Alonso» (noviembre de 2025).
- «Detenidas cinco personas por robar relojes de lujo utilizando armas de fuego» (octubre de 2025).
Al menos parece que la capital disfruta de una eficacia policial que ríete tú del CSI. Pero no quería ser yo la causante de que los agentes hicieran horas extras, así que salí del local con las mangas del jersey hasta las uñas y caminé con la espalda corva y la mano aferrada al pecho, como si portara un órgano listo para trasplantar.
Bajo la lana, el reloj-linterna seguía refulgiendo; parecía un intermitente puesto y sus rayos pugnaban por liberarse. No es que la luz del sol incidiera sobre sus aristas, es que era el reloj el que iluminaba al sol. Por fin, un taxi libre. Me lancé a por él como quien se lanza en plancha ante las puertas de Zara el primer día de rebajas, y solo cuando el coche dejó atrás el Paseo de la Castellana volví a respirar con normalidad.
Entré en casa con los músculos rígidos y el sudor frío de quien ha paseado un pequeño patrimonio por Madrid sin escolta. Me miré la muñeca. El reloj seguía bajo la manga: orgulloso, centelleante. Lo metí en su caja para siempre. Cumplido el plazo, un operario vino a por él para devolverlo a la marca, que esperaba ansiosa mi reseña. Abrí el portátil y escribí: «Casi me da un infarto con él en el Mercadona». Pero lo borré.
Lo único que me venía a la mente era el dilema de quienes deciden reducir sus salidas con un objeto precioso para evitar la intranquilidad. Pero seamos positivos: la tasa de detenciones de la Policía parece ser elevadísima.





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