L.Leroy es una marca con un camino curioso. Hoy en día está en manos del Grupo Festina, bajo la propiedad española de Miguel Rodríguez. En su origen fue fundada dentro del Palais-Royal de París como relojero real, el epicentro del lujo prerrevolución. Entre medias han pasado muchas cosas y, en 2025, se relanzó con una propuesta de alta relojería muy interesante.
Los comienzos de L.Leroy
Como iba diciendo, la marca nació en 1785 –2025 fue su 240.º aniversario– dentro del Palacio Real de París. Comenzó siendo el relojero de la Corte de Versalles, uno de los puestos más importantes a nivel global en aquella época. Sin embargo, no disfrutó durante muchas décadas antes de la llegada de la guillotina y la Ilustración. Louis Leroy supo evolucionar y adaptarse: pasó a ser proveedor oficial de relojes para Napoleón Bonaparte y la reina Victoria. En esa misma línea, en 1835 la marca fue nombrada «Relojero del Ministerio de Marina», fabricando importantes cronómetros marinos que orientaban a los barcos franceses del siglo XIX en sus viajes. Es buen momento para recordar que la precisión debía ser máxima, ya que unos pocos minutos de desviación se traducían en algunos cientos de kilómetros lejos del destino. Puros relojes herramienta los de aquella época, ¿verdad?
Un hito que definiría el futuro de la marca
Continuando con una historia muy ligada a Francia, en 1900 tuvo lugar un evento que marcaría una nueva era, además de darle forma a una de las principales atracciones turísticas del mundo moderno. Hablamos de la Exposición Universal de París, de la que surgieron dos grandes hitos: la Torre Eiffel y el Leroy 01 –siendo, quizás, algo reduccionistas en perspectiva–. Hablemos de lo que nos concierne y dejemos lo otro para los medios de arquitectura.

El Leroy 01 no solo rompió el récord de reloj más complicado del mundo, con 27 complicaciones y 975 piezas, sino que lo mantuvo durante 89 años. Esto, hoy en día, sería absolutamente imposible. El récord de reloj más complicado cambia de manos casi tanto como el de más ligero o más delgado, siendo actualmente un ping-pong entre Audemars Piguet y Vacheron Constantin. Retener ese récord durante más de un siglo es una hazaña sin precedentes. Tal fue esta que tuvo que llegar una de las piezas más importantes de la historia de la relojería para quitarle el puesto en 1989: el Patek Philippe Calibre 89.

Esta no es la única conexión entre Patek Philippe y Leroy: Adrien Philippe, el Philippe de Patek Philippe, trabajó como aprendiz en los talleres de L.Leroy durante años, y fue allí donde desarrolló gran parte de la que, probablemente, sea su mayor contribución al state of the art de la relojería: el sistema de remontaje –o carga– por corona, sin necesidad de llaves. Una tecnología adoptada por, prácticamente, todas las marcas a día de hoy (¿salvo Ressence?).
¿Y ahora qué?
Después de la crisis del cuarzo y varias propiedades, llegó en 2004 a las manos del Grupo Festina de Miguel Rodríguez. En lugar de masificarla lanzando grandes series de producto o infinitas ediciones limitadas, han tenido varios conatos de relanzamiento —siempre muy pequeños— y ahora, en 2025, se han lanzado definitivamente a revivirla. Con una mentalidad conservadora, han movido la producción a la Vallée de Joux (Suiza) y se dedican a la más alta relojería. Prueba de ello es su primera pieza, el L.Leroy Osmior «Bal du Temps», que se traduce como «baile del tiempo».
Inspirado en los relojes históricos de la marca, se trata de una pieza monoaguja con tourbillon volante y repetición de minutos. He podido verla y escucharla en varias ocasiones, y me parece una gran pieza para su precio –debajo de los 300 000 €–. Tiene 321 piezas —algunas menos que el Leroy 01—, se ensambla en Ginebra, se envía al Observatorio de Besanzón para obtener una certificación cronométrica, tiene 90 horas de reserva de marcha con un solo barrilete –pese a este nivel de complicación– y se lanza en oro rojo, platino o titanio grado 5 –más ligero y con mejor proyección del sonido a través del metal dada su baja densidad–.








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