Vaya por delante que no soy de las que se quejan ni tengo vocación de plañidera. Pero alguien tiene que decirlo alto y claro por el bien de esta nuestra profesión: el año relojero dura más que una temporada de Fórmula 1, una campaña electoral y las obras de la M-30 juntas. La peregrinación a salones, ferias, presentaciones privadas, inauguraciones de tiendas y demás actos sociales es inabarcable. Cuando uno cree que ya puede guardar la maleta en el altillo, alguien anuncia una «semana del reloj» en algún punto remoto del planeta.
Si mañana (Dios no lo quiera, la logística tampoco), una maison abriera una boutique en la Antártida aprovechando el deshielo que traerá el cambio climático, habría un cóctel con cubitos de hielo autóctonos, una edición limitada de un reloj con la esfera en azul hielo, lógicamente, y el discurso del responsable de turno sobre que «el ADN de la marca conecta con la pureza del Círculo Polar». Y, cómo no, algún compañero preguntaría si eso que lleva el pingüino aquel en la aleta es un calibre de manufactura.
Un año relojero con más días en rojo que el calendario
Mi (adorado) jefe, siempre previsor, confeccionó el otro día un calendario anual con todas las citas que debemos cubrir. Ante aquella agenda incompatible con la vida y con más días marcados en rojo que crisis en el cualquier gobierno, se me nubló la vista, y esta vez no fue por el brillo de un bisel de diamantes. Pero, ¿en qué momento iba yo a poder llevar pastas a mi abuela, acudir a la revisión del dentista o celebrar el cumpleaños de mi mejor amiga?
Si les parece que exagero, saquen la calculadora. El año empieza con la mini feria itinerante de LVMH, la más tempranera, en la que se presentan las novedades de las relojeras del grupo, esto es, Louis Vuitton, Hublot, Zenith, Bvlgari, Gérald Genta, Daniel Roth, TAG Heuer, L’Epée 1839 y Tiffany & Co. ¿Todas las novedades del año? ¡No! Algunas de esas firmas repiten después con más género en otros salones que, a su vez, hay que visitar.

El encuentro de enero se llama LVMH Watch Week, pero me han contado que hubo una edición en Miami en la que los periodistas viajaron hasta allí para quedarse apenas dos días, con el consiguiente jet lag y la hinchazón tobillera que conlleva un vuelo transoceánico. Todo para escribir después que el nuevo cronógrafo de tal marca estaba disponible en azul, además de en negro.
Hasta que llega el siguiente gran acontecimiento, Watches & Wonders, transcurren un par de meses. No cometan el error de pensar que ese tiempo sirve para descansar. Al contrario. Es cuando las marcas despliegan su ofensiva diplomática. Un día te invitan a conocer una manufactura en Suiza porque acaban de restaurar un torno de 1898; al siguiente inauguran una tienda en París; tres días después presentan una colección cápsula en Milán. Entre medias aparece una cena, un desayuno, un almuerzo, un cóctel. Y agradecida, que conste, de que me inviten, porque el mimo que dedican a cada visita y lo mucho que aprendo no está pagado

Pero, por si todavía quedaba un hueco libre, ahí están las demás convocatorias. Inhorgenta Munich, una de las grandes ferias europeas de joyería y relojería. La Dubai Watch Week, que es bienal pero nadie se acuerda de que lo es. Un día alguien avisa: «Este año hay Dubai Watch Week», y a continuación se colapsa la web de Iberia.
En abril, ya saben, el eventazo: Watches & Wonders. Que levante la mano el periodista que no haya vuelto de Ginebra tras cinco frenéticos días con gripe aviar, contracturas cervicales o locura. Uno entra allí convencido de que llevará un orden meticuloso de todas las novedades y sale mezclando un tourbillon de H. Moser con un calendario perpetuo de Patek Philippe, y preguntándose si aquella esfera de meteorito la había visto en Parmigiani o en Chopard. El cerebro, sencillamente, colapsa.
En 2027 habrá 13 nuevas firmas en Watches & Wonders. ¡Trece! A saber, Akhor, Alain Silberstein, Berneron, Breva Genève, Fortis, Kerbedanz, Porsche Design, Singer Reimagined, Stollenwurm, Breitling, Damiani, Gallet y Universal Genève. Así que en total sumarán 75. No dará tiempo de ver todas ni aunque circules por el recinto en patinete eléctrico. Para que no falte de nada, a la vez tiene lugar Time to Watches, con una fuerte presencia de relojeros independientes, emergentes y propuestas menos convencionales. ¡Dos ferias a la vez!
Y cuando por fin termina Watches & Wonders llega ese espejismo que en otros oficios llaman verano. En relojería sirve fundamentalmente para coger fuerzas, porque a finales de agosto (ni el mes de vacaciones por excelencia respetan ya) se vuelve a Ginebra para los Geneva Watch Days, que a lo tonto agrupan a 71 marcas. Eso sí, tienen un formato callejero que me encanta, porque se vislumbra la luz del sol y no caminas sobre una moqueta que se despelucha a tu paso.
En octubre toca cambiar el lago Lemán por Ciudad de México. Del 20 al 22 se celebra allí el SIAR, Salón Internacional Alta Relojería, que este año alcanza su vigésima edición y reúne a grandes casas, independientes, coleccionistas, etcétera. Como concepto me parece impecable. Ahora bien, cuando uno ya ha conseguido que sus tobillos recuperen el diámetro normal después de Suiza, cruza el Atlántico para volver a hinchárselos. Además, México no se conforma ya con una sola reunión, sino que en mayo organizó también SIAR Summer, dedicado especialmente a independientes y micromarcas, con 43 firmas participantes.
Supongo que en las próximas semanas mi jefe reunirá a la redacción, desplegará el mapa del mundo y empezará a repartir destinos como quien organiza el desembarco de Normandía. «Tú a Ginebra y yo a Nueva York». Si alguien dice «Dubái», yo pienso mirar muy fijamente al suelo para no cruzar la mirada con nadie.


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