Dada mi insultante juventud, me he perdido el nacimiento de las ideas más brillantes de la historia de la relojería. No me refiero al tourbillon, como es lógico (data de 1801), ni siquiera al cronógrafo flyback o al escape de silicio, más recientes. Esos inventos tenían la insolente pretensión de servir para algo. Hablo de otras genialidades del siglo XXI que, tras revolucionar el sector durante aproximadamente un cuarto de hora, desaparecieron con tal discreción que hoy sus propios autores deben fingir que estaban de baja cuando se aprobaron.
¿Se acuerdan del metaverso? ¿Y de los NFT? Yo no, pero salieron en una conversación reciente entre compañeros durante uno de esos ataques de nostalgia que sufren los «periodistas relojeros» cuando no pueden criticar las novedades porque están bajo embargo. En su día, esas ideas se vendieron como experiencias disruptivas y transformadoras de valor añadido para el coleccionista. Ríete tú del descubrimiento de la penicilina. Ya nadie se acuerda de ellas, pero el paso del tiempo nos permite hacer algo que entonces habría sido una temeridad: decir lo que pensamos sin que nos retiren la invitación al próximo cóctel.
De la eternidad al yogur: el espejismo de los relojes mecánicos conectados
Por lo que me cuentan, muchas de aquellas genialidades provocaron más cejas levantadas que ovaciones cerradas cuando se anunciaron. ¿De verdad el futuro de la alta relojería pasaba por combinar mecanismos centenarios con tecnologías que buena parte de sus clientes apenas entendía (quizás tampoco sus promotores)?
Ahí están, por ejemplo, los relojes mecánicos conectados o híbridos, que entre 2015 y 2020 prometían lo mejor de dos mundos. Al final, el experimento no terminó de cuajar. Quizá porque a quien se gasta una fortuna en un mecanismo concebido para sobrevivir a varias generaciones no le entusiasma demasiado que una parte de su reloj pueda quedarse obsoleta antes que su teléfono móvil.
Hay algo enternecedor en todo esto. La relojería lleva siglos vendiéndonos objetos destinados a perdurar y, de pronto, empezó a perseguir tecnologías cuya esperanza de vida apenas superaba la de un yogur. Algunas fueron ensayos tecnológicos, otras estrategias comerciales y unas cuantas simples modas a las que las marcas se apuntaron por miedo a quedarse fuera. Porque siempre es preferible hacer el ridículo en compañía que correr el riesgo de parecer anticuado en solitario.
El Metacubo y las boutiques virtuales: relojes de lujo para avatares
Una marca de cuyo nombre no quiero acordarme, y que se llama Frederique Constant, llegó a construir su propio rincón en el metaverso, bautizado como Metacubo, para celebrar el décimo aniversario de su Classics Worldtimer Manufacture. Por si las dos ediciones conmemorativas del reloj físico no eran suficientes, la versión de acero ofrecía 50 gemelos digitales. Es decir, comprabas un reloj y te llevabas otro que no podías ponerte, al que no podías dar cuerda ni dejar en herencia a tu sobrino, salvo que este heredara también las contraseñas.


Hubo firmas que llegaron a reproducir sus tiendas en el metaverso, convencidas de que entrar en una boutique virtual con un muñeco era una experiencia mucho más emocionante que hacerlo desde una página web. Otras ofrecían la posibilidad de vestir a los avatares —esos personajes digitales que nos representan en los mundos virtuales— con accesorios de lujo. Porque, por lo visto, no bastaba con gastarse una fortuna en un reloj de verdad; también había que comprárselo al muñeco. El progreso era imparable.
La fiebre de los NFT: «quemar» bytes para conseguir un reloj de verdad
En 2022 se presentó incluso NimanyClub, que presumía de ser la primera marca de relojes nativa NFT. Asociaba relojes digitales con ejemplares físicos mediante un sistema que, para entenderlo, había que cursar un máster en criptomonedas. Los coleccionistas podían agrupar sus NFT y «quemarlos» digitalmente para conseguir otros más raros o canjear determinados modelos por un reloj físico. El premio gordo era el Unicorn, el NFT más exclusivo, que permitía reclamar un reloj de verdad sin necesidad de destruir el digital. Después de semejante despliegue de innovación, el mayor lujo consistía en saltarse el procedimiento.

Cuatro años después, he intentado averiguar qué fue de aquella revolución. La web sigue ahí, pero encontrar noticias recientes del proyecto resulta bastante más complicado que conseguir un Daytona a precio de catálogo.
En 2022, Bvlgari lanzó el Octo Finissimo Ultra, entonces el reloj mecánico más delgado del mundo, con apenas 1,8 mm de grosor. Una proeza técnica que, por lo visto, no bastaba: había que añadirle un NFT. Así que grabaron un código QR en el barrilete para acceder a una obra de arte digital. Me fascina imaginar a los ingenieros dejándose las pestañas para eliminar unas décimas de milímetro mientras alguien de marketing preguntaba dónde podían colocar el dichoso QR. Todo para que el propietario de uno de los relojes mecánicos más extraordinarios del mundo acabara mirando la pantalla del móvil.


De los filtros de Instagram a la próxima gran revolución
Y la fiebre por convertirlo todo en una experiencia digital no terminaba ahí. También nos prometieron que podríamos visitar manufacturas y asistir a ferias sin levantarnos del sofá. Una vivencia inmersiva, decían. Supongo que lo de respirar el aire del Jura, escuchar las máquinas y tomarse una copa con el director general lo dejarían para una actualización posterior.
Tampoco faltaron las aplicaciones de realidad aumentada para probarse relojes desde casa. Por fin podías verte con 50 000 euros en la muñeca sin tener que demostrarle al vendedor que estabas en condiciones de pagarlos. Algunas marcas se entusiasmaron también con los filtros de realidad aumentada de Instagram, hasta que Meta decidió cerrar su plataforma para creadores externos en enero de 2025. Tanto hablar de eternidad y resulta que el futuro dependía de que a Mark Zuckerberg no le diera por cambiar de opinión.
Lo verdaderamente inquietante es pensar qué estarán anunciando hoy las marcas como la próxima gran revolución de la relojería. Seguro que hay alguna propuesta extraordinaria, respaldada por una consultora carísima y un comunicado de prensa en el que aparece 17 veces la palabra «innovación», que dentro de cinco años nadie querrá recordar. Por suerte, dada mi irreverente juventud, todavía me quedan muchas revoluciones por presenciar. Y, con un poco de suerte, unas cuantas invitaciones a cócteles antes de poder reírme de ellas.


Deja una respuesta